miércoles, 25 de agosto de 2010

Caen pájaros literalmnete del cielo

Entrevista a Maximiliano de la Puente


Por Adys González de la Rosa

desde Buenos Aires


Recién terminó el secundario empezó a estudiar actuación, más tarde dramaturgia y finalmente dirección. Y aunque se licenció en Ciencias de la comunicación y ejerce como crítico de cine y realizador audiovisual, su órbita natural es el teatro. En él transita indistintamente por los roles de actor, autor y director. Se declara un apasionado de las artes visuales y el cine y considera que todas contribuyen a su crecimiento personal e intelectual.

Maximiliano de la Puente es uno de los jóvenes más lúcidos e inquietantes de los que conforman hoy el circuito alternativo. Sus textos (Yace al caer la tarde y Diagnóstico: rotulismo) han sido premiados por el Instituto Nacional del Teatro, Argentores y el Fondo Nacional de las Artes. Y sus obras se han representado en Ciudad Cultural Konex y el Centro Cultural Rojas.

Exigente con su dinámica de trabajo, este año estrenó Todos quieren lágrimas, proyecto de creación colectiva y publicó su libro Caen pájaros literalmente del cielo que reúne nueve textos teatrales.

¿Cuáles son los disparadores de tu escritura? ¿Cómo te sustentaron o modificaron tus maestros en ese deseo?

Los disparadores con los que empiezo a escribir son realmente muy amplios y variados. En muchas ocasiones, me inspiran situaciones de la realidad cotidiana, momentos de mi vida diaria, fragmentos de diálogos que escucho casualmente en la calle o en un colectivo, pero también el cine, las artes visuales y la literatura, (especialmente ciertos autores como Samuel Beckett), constituyen disparadores muy potentes a la hora de comenzar a elaborar el universo de una obra. Me interesan especialmente las “notas al pie” de una novela, de un cuento o de una película, las situaciones mínimas que se producen en nuestros actos de la vida cotidiana, los comentarios escuchados por casualidad, al pasar, en algún lugar cualquiera. Esto es algo que ha mencionado en muchas ocasiones Mauricio Kartun; el hecho de que el dramaturgo trabaja con los restos del lenguaje, aquello a lo cual el lenguaje culto no suele darle importancia, es decir, las expresiones coloquiales, los comentarios y las anécdotas dichas y escuchadas al pasar, casual y esporádicamente. Y es algo con lo que yo estoy muy de acuerdo, y que se ha constituido en una operación central de mis prácticas de escritura. Como comencé a dirigir, fui notando progresivamente que los procesos de dramaturgia escénica, es decir la construcción del universo de una obra en el proceso de ensayos, junto a los actores, me resultaban sumamente interesantes a la hora de abordar la creación de una obra. De hecho, eso es lo que hemos desarrollado con Todos quieren lágrimas.

¿Qué niveles de concreción adquiere tu obra cuando es publicada en forma de libro y cuando es llevada a escena?

Son dos instancias completamente distintas, aunque complementarias. Cuando son publicadas en forma de libro, como ha ocurrido recientemente a partir de mi libro Caen pájaros literalmente del cielo, que reúne nueve de mis obras teatrales, a lo que uno aspira es a que las obras incluidas en ese volumen se sustenten por sí mismas como tales, a partir de las operaciones de lectura que puedan efectuar quienes acceden al libro. Me refiero a que en el momento de la lectura de esas obras, ellas se consumen como literatura dramática, y no como experiencia escénica. Entonces el acento al corregir las obras para su publicación está puesto allí, en la situación literaria que van a atravesar quienes lean el libro. En ese caso me interesan que los materiales sean “buena literatura”, que se sustenten por sí mismos como textos teatrales, sin que el lector tenga la necesidad de tener que recurrir a la experiencia escénica de ese texto, sin que sienta su falta o carencia. La publicación del libro me ha obligado a repensar plenamente estas cuestiones, porque justamente en el volumen se encuentran las obras que he montado yo mismo como director, además de dos obras breves que han dirigido en Barcelona. Es decir, son textos que han atravesado la situación de la puesta en escena, que han tenido “carnalidad”, volumen, concreción escénica. Es el caso, por ejemplo, de Diagnóstico: rotulismo, una obra que dirigí, y en la que actué, que se estrenó en Ciudad Cultural Konex: el texto previo a los ensayos fue modificado paulatinamente durante el proceso con los actores y el libro traduce esas modificaciones escénicas, porque ahora me cuesta imaginarme el texto de la obra de la manera original, como era anteriormente a la puesta en escena del mismo. Es decir, son procesos creativos complementarios, de una gran riqueza, que se nutren y se retroalimentan el uno al otro. En el caso de una puesta en escena, además, el texto primario (aquel que dicen los actores) no es lo único que cuenta, que narra el universo de la obra, sino que éste entra en relación con la escenografía, el vestuario, la iluminación, el espacio escénico, el sonido y la poética de actuación. De manera que el texto es sólo un elemento más, importante, pero no definitivo, en el ámbito de un montaje.

Has sido premiado por el INT, el Fondo Nacional de las Artes, Argentores, etc. ¿Influyeron estos premios en tu escritura, ritmo, ganas? ¿Abrieron algún tipo de espacio o facilitaron alguna conexión con otros creadores?

Los premios que me han otorgado han influido de muy diversas maneras en mi escritura. Siempre de manera positiva, porque me han obligado a producir, o porque me han encarrilado en la actividad, al suscitar mi deseo de seguir vinculado al teatro. Recuerdo muy especialmente los premios sucesivos del Fondo Nacional de las Artes y del Instituto Nacional del Teatro, que obtuvo mi obra Yace al caer la tarde, estrenada en el Teatro del Pueblo, porque posibilitaron que me iniciara en la dirección, un rol en el que no había incursionado hasta ese momento, que me abrió un mundo de posibilidades creativas sumamente interesantes, y que aún continúa atrapándome. En mi carrera, otro premio importante fue el que obtuvo Diagnóstico: rotulismo (ganadora del Primer Concurso de Autores Teatrales Jóvenes Konex-Argentores en 2005), ya que hizo posible que la obra se estrenara en un espacio de mucha visibilidad como Ciudad Cultural Konex. Y también por supuesto, no solamente los premios sino también mi persistencia en la actividad, especialmente a partir del montaje de mis obras y de la docencia, hizo que me pusiera en contacto con otros actores, dramaturgos y directores, como el equipo de trabajo con el que hacemos Todos quieren lágrimas (Valeria Carregal, Pablo Ciampgana, Lorena Díaz Quiroga y Sebastián Saslavsky), además de autores y directores como Martín Flores Cárdenas y Santiago Loza, con los cuales he encontrado una importante afinidad en común.

¿Te consideras parte de una generación de dramaturgos? ¿Con quiénes te atreverías a compartir esa denominación y por qué?

Más que de una generación de dramaturgos, soy evidentemente parte de una generación de argentinos que ha crecido bajo el influjo de las terriblemente destructivas políticas neoliberales que alcanzaron su punto culminante en la década del noventa en nuestro país, continuando el proyecto del terrorismo de Estado de los años setenta, que ha triunfado plenamente y que sigue hasta nuestros días. En ese sentido, formo parte de un teatro de la posdictadura, ya que los efectos de la misma se hacen sentir por todos lados, no solamente en el ámbito de la actividad teatral sino en el resto de las relaciones sociales. No creo que haya propiamente una generación de dramaturgos que tengan una propuesta o un programa estético homogéneo y claramente definido, sino más bien al contrario, veo una multiplicidad de poéticas, heterogéneas, variadas, disímiles, en donde mi mirada como teatrista es una más. En relación a esto, si bien el teatro de la ciudad sufre una profunda crisis de recursos y de captación de nuevos públicos, al mismo tiempo atraviesa un período de gran riqueza en cuanto a las diversas propuestas estéticas y de mundos ficcionales que son posibles encontrar hoy. Algo que se debe, en mi opinión, a la inmensa cantidad de obras que se ofrecen semanalmente en esta ciudad. Y en este último sentido, creo que es un momento de gran explosión y de mucha riqueza del teatro del Buenos Aires. Porque uno se puede encontrar con propuestas de todo tipo. Pero es cierto que cada uno está en lo suyo, como se diría vulgarmente. Y que cuesta en todo caso, encontrar propuestas colectivas. Siento especialmente una gran empatía con quienes están haciendo teatro actualmente en el llamado circuito alternativo, en su voluntad de seguir produciendo, cueste lo que cueste, pese a las enormes dificultades logísticas, vitales y económicas, con las que uno se encuentra hoy en día a la hora de encarar el montaje de una obra. Hay una especie de actitud militante en el teatro, en el hecho de seguir produciendo a toda costa, con la que me identifico.

¿Cómo congeniar en un mismo espacio el rol de dramaturgo, actor y director? ¿Cuál domina o determina sobre los otros?

En mi caso, no creo que ningún rol domine al otro, sino que más bien se complementan. A la hora de encarar la escritura de una obra, me concentro solamente en esa experiencia. Trato de prescindir en ese momento de la posterior situación de puesta en escena, aunque es cierto que uno trata de elaborar desde la dramaturgia, textos que sean logísticamente posibles de montar. Pero más allá de eso, como experiencia creativa, intento siempre, al escribir, olvidarme del correlato escénico. Me interesa, como dramaturgo, potenciar la situación de escritura en sí misma. Disfrutar del proceso de escribir una obra. Y sólo después, a la hora de decidir que voy a encarar el montaje de uno de mis textos, preocuparme por las situaciones específicas de la puesta en escena. Y cambiar lo que haya que modificar en el texto, en caso de ser necesario y de que eso contribuya a solucionar problemas de puesta. Lo que realmente me resulta mucho más complicado es congeniar los roles superpuestos de la actuación y la dirección, aunque lo he hecho en dos oportunidades: en Yace al caer la tarde y en Diagnóstico: rotulismo. Creo que esta simultaneidad de roles es mucho más compleja, porque se hace sentir, durante el proceso de ensayos, la falta de una mirada externa a la actuación, cuando el propio director es quien actúa, y porque para mí resulta muy extenuante dirigir y actuar al mismo tiempo, ya que la estructura de producción de mis obras es muy acotada y estrecha en términos logísticos: trabajo con un equipo muy reducido en donde todos hacemos de todo, y realmente no nos sobra nada en cuanto a recursos materiales. Lo bueno que tiene trabajar de esa manera es que, al encarar un proyecto exclusivamente porque nos gusta, todos estamos convencidos de lo que hacemos. Y nos entregamos al máximo.

Además te licenciaste en Ciencias de la Comunicación y eres crítico de cine, narrador, realizador audiovisual, etc. ¿Cómo ha sido ese recorrido y de qué manera atraviesan estas disciplinas tu teatro?

Una vez que terminé la escuela secundaria, comencé a estudiar actuación, paralelamente a mi ingreso a la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Más tarde, estudié dramaturgia con Marcelo Bertuccio, Mauricio Kartun y Alejandro Tananian fundamentalmente, y me incorporé a los talleres de actuación de Rafael Spregelburd. Un tiempo después, estudié puesta en escena con Rubén Szchumacher. Como escritor me desarrollé preferentemente desde la dramaturgia, ya que me ligué al teatro desde la actuación. Y su lenguaje me atrapó casi inmediatamente. Sólo más tarde, con el tiempo, comencé a escribir cuentos (al punto de tener en este momento un libro de cuentos inédito) y a bocetar algunas novelas que tengo aún sin terminar, más allá de que siempre había sido un voraz lector de escritores como J. D. Salinger, Henry James, John Kennedy Toole, Philip K. Dick, el propio Samuel Beckett, y tantos otros. En el caso de la crítica de cine, debo decir que tanto el lenguaje cinematográfico como las demás artes visuales, me apasionaron desde el comienzo de mi vida creativa. Entonces, el ejercer como crítico e investigador de cine fue una manera que encontré en la universidad que me permitió vincularme a lo que me apasiona. De hecho, mi tesis de grado, una investigación sobre los grupos actuales de cine militante argentino, fue publicada como libro. Dentro del cine, la animación es una disciplina que me interesa muchísimo, y que he estudiado hace un tiempo. En estos momentos estoy trabajando, por otra parte, en la realización de un largometraje documental. En cuanto a cómo se relacionan estas disciplinas con el teatro, yo creo puntualmente que todas las actividades artísticas guardan relación entre sí. Me refiero a que en todos los procesos creativos (más allá de que sus resultados se plasmen posteriormente en cine, teatro o literatura) intervienen las mismas instancias de tipo conceptual y sensorial. Y a que además es sumamente importante, para mi crecimiento personal, intelectual y artístico tener conocimiento de la mayor cantidad de disciplinas afines posibles, ya que en la dirección teatral se ponen en juego aspectos visuales, sonoros y literarios. Por lo que un conocimiento mayor contribuye a enriquecerme como director.

Anteriormente escribiste Bajo cero junto a Martín Flores y Santiago Loza. ¿Cuál es la diferencia con esta creación colectiva que experimentaron en Todos quieren lágrimas?

Han sido dos experiencias muy distintas, ya que Bajo cero es un proyecto de escritura en común, que combina tres textos en uno, tres materiales escritos por cada uno de nosotros, que constituyen una totalidad, en donde se han puesto en juego las miradas de Martín, Santiago y yo, a partir de un mismo hecho ocurrido en julio de 2007 en la Ciudad de Buenos Aires. Es decir que Bajo cero ha sido un proceso exclusivamente de escritura teatral, que no fue llevado a escena, al menos hasta el momento. En cambio, Todos quieren lágrimas es el resultado de un proceso de creación colectiva del equipo de trabajo formado por Valeria Carregal, Pablo Ciampagna, Lorena Díaz Quiroga, Sebastián Saslavsky y yo, en donde se trabajó enteramente a partir de improvisaciones con los actores. Esta obra es el fruto de de un proceso de dramaturgia escénica que tuvo lugar en un año de intensos ensayos, en donde las improvisaciones teatrales funcionaron como disparadores de la estructura dramática. En el comienzo, muy pocas estaban claras: solamente sabíamos que la obra se desarrollaría en un entorno laboral, y que no queríamos abordarlo de manera costumbrista. Por tal motivo, comenzamos a investigar sobre el género fantástico, es decir, trabajamos sobre la posibilidad de elaborar un teatro con elementos característicos de dicho género, en tanto las escenas se desarrollan a partir de un peculiar alejamiento de la realidad cotidiana y establecida. Otra característica particular de este proceso, fue que desde el principio hemos filmado prácticamente la totalidad de los ensayos, hasta llegar a las pasadas generales, lo cual nos permitió trabajar muy obsesiva y detalladamente en la búsqueda y la afinación de una estructura dramática que, por las propias características del proceso, fuimos encontrando y puliendo en el devenir de los ensayos.

La escena latinoamericana

Entrevista a Lola Proaño y Gustavo Geirola

Por Adys González de la Rosa

desde Buenos Aires










El Instituto Nacional del Teatro a través de su editorial INTeatro publicará en tres tomos con dvd, la Antología de Teatro Latinoamericano (1950-2007), de Lola Proaño Gómez y Gustavo Geirola. Ambos se unieron hace diez años para concretar el proyecto que reúne lo que consideran más destacado en la dramaturgia de cada país en el último medio siglo.

Los compiladores trabajan en centros universitarios estadounidenses. Lola Proaño es profesora del Departamento de Lenguas de Pasadena City College y es Doctora en Filosofía. Ha publicado numerosos libros y participa en la producción de teatro estudiantil en los Estados Unidos. En tanto que Gustavo Geirola es profesor en el Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de Whittier College, conjuga su labor docente con la dirección e investigación teatral y también es autor de varios libros. En principio la idea era apoyar la enseñanza con una bibliografía hasta el momento inexistente. El proyecto rebasó estos límites y recibió dos becas de la National Endowment for the Humanities. “Desde nuestra experiencia, primero como estudiantes y luego como profesores, constatamos la enorme dificultad de encontrar textos y suficiente información para el armado y la investigación indispensable en estos cursos” –explica Proaño.

Las pautas de selección precisaban obras breves para poder incluir a la mayor cantidad y diversidad posibles, aunque esto no siempre fue así. Tras la conclusión del trabajo, en aras de la publicación y por problemas de espacio, tuvieron que descartar algunos países; o bien porque no conformaban lo más representativo del panorama general o porque la información obtenida fue escasa o nula.

Los volúmenes están divididos por países, organizados alfabéticamente. Cada país cuenta con una introducción del contexto histórico y teatral, elaborada por académicos y críticos nacionales, además de los análisis sobre cada autor. La antología no solo nos ofrece una perspectiva de la escritura teatral latinoamericana sino de los críticos que acompañan y estudian estos procesos. Otro aspecto que la destaca es la inclusión de los videos de las obras y procesos de trabajo, lo que complementa el enfoque sistémico sobre el teatro que muestra.

La importancia de la Antología de Teatro Latinoamericano (1950-2007) reside, sobre todo, en la exposición de un panorama representativo del teatro latinoamericano contemporáneo. La muestra seleccionada permite reconocer las características de las dramaturgias nacionales y establecer un conjunto de similitudes y diferencias en el teatro que se escribe y hace en la región. Al respecto Geirola comenta: “No solo hemos incluido obras, sino también panoramas históricos de los países y biografías de los autores. Por un lado está el peso del canon y por el otro el de las escrituras nuevas, emergentes, y tuvimos que equilibrar eso”.

Temas como la familia, la mujer, la emigración y la política, concurren bajo diversos prismas. Distintas generaciones y estéticas confluyen, además de una notable representación de autoras. A pesar de las ausencias –riesgo de toda antología y sus autores– propone un estudio integral que invita a profundizar en la multiplicidad de tópicos que enuncia como ejes de la antología.


¿Cómo surge la idea de la antología? ¿Nació con el agregado audiovisual o esto se pensó después?

Lola Proaño (LP): La razón inicial fue pedagógica, junto a nuestro deseo de promover el conocimiento y el aprecio por nuestro teatro. El proyecto para el que se nos concedieron las becas de la National Endowment for the Humanities contemplaba la situación pedagógica en los Estados Unidos donde, a nivel universitario, se dictan cursos de teatro latinoamericano a nivel graduado y subgraduado. Desde nuestra experiencia, primero como estudiantes y luego como profesores, constatamos la enorme dificultad de encontrar textos y suficiente información para el armado y la investigación indispensable en estos cursos.

Gustavo Geirola (GG): Resulta muy difícil enseñar teatro a estudiantes no nativos del castellano con obras demasiado largas. Además de los problemas de comprensión, la extensión de las obras nos limitaba en la posibilidad de brindar más variedad temática y formal.

LP: Si se lograba encontrar algo, era con enorme dificultad y generalmente el material se encontraba muy disperso. Era evidente que una antología que reuniera una muestra importante de la producción teatral latinoamericana y que además tuviera información adicional, como una introducción que ubicara las obras en la historia del teatro del país correspondiente y la biografía literaria de los autores, sería muy útil en las cátedras y la investigación sobre teatro latinoamericano.

GG: Desde un principio concebimos la necesidad de lo audiovisual, porque pensamos que el teatro no es solamente el texto dramático. Queríamos mostrar además la forma en que se montan las obras en América Latina.

LP: Hoy nadie que estudie o se interese por el teatro puede limitarse al texto dramático. Estudiar solamente los textos no es suficiente para dar una idea completa de la producción teatral latinoamericana. Incorporar fragmentos audiovisuales era indispensable para dar cuenta, aunque sea de manera somera, de las puestas en escena, sobretodo porque en Latinoamérica la puesta en escena tiene características muy propias. Este fue quizá el aspecto más problemático, pues conseguir material audiovisual de las distintas puestas parecía casi imposible.


¿Qué pautas siguieron para la selección de los autores, las obras y los críticos que las presentan?

LP: El proyecto nació con la idea de estar proyectado hacia una audiencia universitaria estadounidense, sin embargo, cuando el Instituto decide publicar la Antología, ésta tiene que cambiar un poco su mirada.

GG: Con la beca del Endownment for the Humanities, hicimos el primer borrador de la Antología, que ahora se publica con muchas revisiones. La primera versión, que abarcaba de 1950 a 2000, tuvo como objetivo dar a conocer el teatro latinoamericano en las universidades de Estados Unidos, pero eso luego se modificó un poco cuando preparamos la Antología para la publicación que ahora hace el Instituto Nacional de Teatro.

LP: En efecto, fue entonces que se agregaron países y se hicieron pequeñas modificaciones en el contenido de cada país. La selección de autores y obras respetó algunos criterios: tenían que ser obras de un acto, en lo posible breves, corresponder a un amplio espectro histórico-político, no tener demasiado lenguaje local, puesto que está pensada para un público internacional. Y especialmente, intentamos que tuvieran un registro audiovisual, aunque eso no era posible para las obras más tempranas.

GG: Queríamos reflejar distintos estilos y temáticas. Obviamente, no fue posible conseguir todo: hay autores muy conocidos que no tenían obras en un acto, o no había registro audiovisual, especialmente para las obras más tempranas; no siempre conseguimos contactarnos con los autores o apoderados para conseguir el permiso de publicación. Queríamos, además, incluir dramaturgas y autores más recientes, algunos de minorías. No nos propusimos abarcar todo el teatro de la región, sino atenernos al teatro de sala para adultos; de modo que quedaron afuera muchas expresiones teatrales como el teatro callejero, el teatro comunitario, el teatro para niños, el teatro en lenguas indígenas, etc.

LP: Respecto a nuestros coordinadores, tratamos siempre de contactar a investigadores de teatro latinoamericano propios de cada país. Conocíamos a algunos por su producción, presentaciones a congresos o conversaciones en festivales. Sólo en los casos en que no nos fue posible hacerlo así, recurrimos a quienes residen afuera de su país de origen.


¿Por qué hay países que quedaron fuera?

LP: Tratamos de incorporar todos los países latinoamericanos, por ello incluso Puerto Rico forma parte de la selección.

GG: El volumen de la Antología se hacía cada vez más grande y eso amenazaba la posibilidad de publicación. En algunos casos intentamos, como con América Central o el Caribe, donde hay muchos países que no están representados en la Antología, de atenernos al país que consideramos tenía un mayor desarrollo de la actividad teatral o mayor representatividad en la región; tuvimos que obligarnos a hacer cortes y exclusiones, y eso siempre es parte del proceso doloroso de armar una antología. No hay que olvidar que no solo hemos incluido obras, sino también panoramas históricos de los países y biografías de los autores, lo cual incrementaba aún más el volumen del proyecto. Por un lado está el peso del canon y por el otro el de las escrituras nuevas, emergentes, y tuvimos que equilibrar eso.

LP: Lamentablemente debido a restricciones de tipo editorial hubo que tomar decisiones y en muchos casos, no sólo países, sino autores importantes han quedado afuera por distintas razones. Hacer una selección en un campo tan amplio y variado como es la producción teatral y dramatúrgica latinoamericana es una tarea muy difícil y para nosotros ha implicado la necesidad de elegir y dejar afuera textos y autores que hubiéramos preferido incluir.


¿Cuáles serían para ustedes los puntos en común de la dramaturgia latinoamericana, si es que los tiene?

LP: Es muy difícil encontrar rasgos generales que se puedan observar en toda la diversidad del teatro producido en Latinoamérica. Pero algo que caracteriza a la dramaturgia latinoamericana es su fuerte contenido político. Si bien toda nuestra cultura tiene en mayor o menor medida esta característica, como el teatro es el arte más inmediato a los hechos históricos, políticos y económicos, éste se produce, consciente o inconscientemente, en una fuerte dialéctica con la realidad inmediata. Esto hace que tanto los textos como las puestas tengan un fuerte contenido político. Lo anterior no quiere decir que las propuestas teatrales latinaomericanas caigan dentro de la vieja categoría “teatro político”, sino que, una gran cantidad de ellas, tienen contenidos que se conectan con la realidad latinoamericana o más específicamente con la realidad del lugar donde son producidas. “Lo político”, en el sentido de Ranciere, aparece en ellas de las más diversas formas.

Un ejemplo de ello sería la producción argentina de los noventa. Aparentemente no tenía ninguna conexión con lo sucedido en la Argentina, se la tildó simplemente de producción posmoderna y fragmentada, pero estudiándola con otros lentes y desde otra perspectiva, se encuentran en ella fuertes contenidos políticos, tal como creo haberlo demostrado en mis análisis de Poéticas de la globalización en el teatro latinoamericano.

GG: Esta pregunta es muy difícil de responder en pocas palabras. Hay cosas que dependen del período y de la historia socio-política y cultural de cada país. No se puede, por ejemplo, hablar en general para comparar Argentina y Colombia, o incluso Argentina y México, con sistemas teatrales muy diferenciados. En términos generales, me parece que lo que unifica a la región es la prepotencia de trabajo, como decía Arlt, ese empecinamiento en enfrentar tantas adversidades financieras y burocráticas. Además, la gran capacidad de asimilar creativamente estéticas, mezclarlas, transgredir sus fronteras e hibridizar procedimientos para expresar las complejas realidades socio-políticas que los dramaturgos deciden llevar a escena.


¿Consideran que hay relación entre el desarrollo de las dramaturgias nacionales y el del teatro que se hace en cada país? ¿Van de la mano o son dos procesos independientes?

LP: La situación actual es bastante distinta a la de hace algunos años. Los procesos de intercambio e intercomunicación son mucho mayores debido a las vías abiertas por la tecnología y la globalización. No es raro encontrar en nuestros países—por ejemplo en Buenos Aires—puestas en escena que son una reproducción de las precedentes hechas en Broadway. Si bien siempre existió la puesta en escena de los clásicos o de autores muy populares contemporáneos extranjeros, hoy día no se hacen sólo puestas nacionales de dramaturgia extranjera, sino que se compran los derechos de las puestas internacionales, como es el caso por ejemplo de los musicales u obras que se presentan con frecuencia en los teatros de la calle Corrientes. Sin embargo en los teatros off y off del off se siguen poniendo en su gran mayoría textos creados en la escena por los distintos grupos, dramaturgia nacional, o adaptaciones libres de textos “universales” y nacionales.

GG: Nuevamente, esta pregunta invita a largos debates, pero pecando de generalidades, se podría decir que hay un proceso convergente que implica un replanteo de lo nacional en las dramaturgias actuales, tal vez diferente al de épocas anteriores. La globalización, de alguna manera encarnada en los festivales internacionales, hace que los teatristas tengan que pensar en atender mercados locales e internacionales; y la demanda internacional a veces requiere, por exotismo o lo que fuere, con el grado de estereotipia de cada caso, ver marcas “nacionales” o “autóctonas” en los productos que llegan a sus teatros.


¿A qué creen que se debe este doble rol de dramaturgo-director que se ha hecho tan frecuente en los últimos tiempos en la región?

LP: En primer lugar creo que se han flexibilizado las fronteras entre los compartimentos que dividían a directores de actores y de escritores. Muchos actores comienzan a escribir y luego a experimentar con la dirección. El dirigir el texto propio parece tener ventajas; tal como algunos directores alguna vez han afirmado, se evita aquello de tener que “pedir permiso” para hacer cambios que por diversas razones el director considera necesarios. Creo que el dramaturgo-director tiene mucha mayor libertad de creación y sobretodo la figura dramaturgo-director corresponde al nuevo modo de producción teatral: en muchos casos se crea en la escena, es en ella donde nacen los “textos”. Es por eso que dramaturgia y escena nacen estrechamente conectadas, en un intercambio dialéctico que hace imposible separarlas. Este tipo de producción conjuga entonces la dramaturgia de director y de actor, en donde el “autor” pasa a ser el director de la puesta, aunque su escritura en escena tenga también orígenes en las improvisaciones o experimentos hechos en el escenario por los actores, creando así poéticas que reúnen en ellas todos los aspectos de la producción teatral, aunque los roles no estén ya tan claros.

GG: Me parece que últimamente hay un replanteo de lo teatral muy grande cuyo aspecto más evidente es el pasaje de la dramaturgia de autor y de la dramaturgia de director, con gran peso de lo literario, en el texto dramático, a una dramaturgia de actor—por designarla de alguna manera—en la que el teatrista se orienta hacia la poética total de la escena, involucrando todos sus lenguajes. Ya no puede restringirse a lo verbal y entonces intenta aproximarse e involucrarse desde lo actoral y desde la dirección. No hay que perder de vista que se trata de un paradigma que sucede a cierto agotamiento de la creación colectiva. No obstante, esto no significa que se descuide el texto dramático, que en algunos casos es mínimo y en otros es suculentamente barroco; me parece que hay una preocupación por lo poético, que engloba texto dramático y texto espectacular, más que por lo literario en sí mismo como pivote de todo el proceso. El resultado de esta nueva dramaturgia es un texto que ya no es autónomo, que no puede abordarse sólo por lo verbal.


Con las nuevas formas que ha incorporado el hacer teatral, muchas veces eludiendo el texto o subordinándolo a la representación, ¿cuál sería el modo de recoger esa "escritura" en una antología? ¿Cómo sería una antología de teatro dentro de 50, 100 años?

LP: Después de que tanto se habló en los ochenta del “teatro de la imagen” y de la desaparición del texto, actualmente se está volviendo al “teatro de texto”. Esto nos muestra lo difícil de realizar predicciones respecto del futuro, más aún de un futuro tan lejano. Sospecho que el texto nunca va a desaparecer, quizá será publicado en diversas modalidades, pero siempre estará presente de una u otra manera. Lo que sí estoy segura es que los materiales visuales, debido a los avances de la tecnología, serán mucho más amplios y estarán mucho más al alcance de todos. Por tanto una antología del futuro si bien no creo que pueda prescindir de los textos, creo que tendrá una mayor riqueza en material audiovisual.

GG: Las antologías del futuro serán digitales. Será muy diferente pensar el teatro en el futuro, porque, como ocurre en algunos casos, el texto dramático es apenas un dato más de un complejo sistema de puesta en escena que ya no es meramente ilustrativa o decorativa, como se aprecia en algunas obras recientes incluidas en la Antología. Como hoy, cuando el texto dramático tiene cierta autonomía y la puesta en escena es meramente registrada por una cámara subjetiva, habrá en el futuro limitaciones de otro tipo para los estudiosos, ya que el teatro, el actual como el de todos los tiempos, es un hecho vivo. Más que nunca hay una necesidad de repensar la especificidad del teatro y de la relación con el público, por eso se montan obras en lugares pequeños, íntimos, para pocos espectadores, como una forma desafiante frente a la masividad impuestas por los medios de comunicación.

Diccionario Biográfico Estético del actor en Buenos Aires

Entrevista a Osvaldo Pellettieri

Por Adys González de la Rosa

desde Buenos Aires



Tras culminar cuatro tomos de la Historia del Teatro Argentino en Buenos Aires, los investigadores del Grupo de Estudios del Teatro Argentino (GETEA), bajo la dirección de Osvaldo Pellettieri, emprendieron la realización del Diccionario Biográfico Estético del Actor en Buenos Aires.

Este proyecto concebido en tres volúmenes, el primero ya fue publicado por Galerna, se ocupa del actor tradicional argentino y presenta sus antecedentes neoclásicos y románticos. El segundo se ocupará del actor moderno y estará dedicado a los actores del siglo XX. Mientras que el tercero referirá la historia del actor, sus inicios, desarrollo y el lugar que ha ocupado en el teatro y la cultura en general. Fue Pellettieri quien propuso el listado de los nombres que serían investigados y la bibliografía de referencia.

El Volumen I, subtitulado El actor popular, antecedentes y evolución, consta de una introducción histórica y estética que explica y contextualiza la selección. El criterio fue abarcador ya que reúne actores de diferentes tendencias. Esta generosa inclusión convoca a Libertad Lamarque, Eva Duarte y Tita Merello; pasando por Jorge Porcel, Javier Portales y Alberto Olmedo.

Además se suman los actores que, a pesar de ser extranjeros, permanecieron largas temporadas en el país como Osvaldo Laport, Jean Francois Casanova y Catherine Fullop, entre otros. En las entradas se los clasifica según las categorías establecidas en neoclásico y/o romántico, popular o misceláneo. También se referencia aspectos biográficos con descripciones de sus principales trabajos.

La iniciativa ha sido uno de los grandes emprendimientos del GETEA, grupo creado en 1987 para la formación de investigadores de artes escénicas. Entre los momentos claves de la institución, Pellettieri señala los Congresos que vienen realizando desde 1991 con el objeto de intercambiar entre la teoría y la práctica teatral. Otro punto destacado es la publicación de la revista Teatro XXI y las investigaciones concretadas en varios tomos como Historia del teatro argentino en Buenos Aires (4 volúmenes) o Historia del teatro argentino en las provincias (2 volúmenes).

Osvaldo Pellettieri cumple treinta años en el campo de la investigación y veinticuatro como profesor titular en la cátedra de Historia del teatro latinoamericano y argentino.


¿A partir de qué inquietudes surge el proyecto de investigación que concretaron en este primer tomo del diccionario?

La necesidad de un Diccionario se nos hizo evidente durante el proceso de concreción de los cuatro primeros tomos de la Historia del Teatro Argentino en Buenos Aires aparecidos hasta este momento. Sin su conocimiento estético-biográfico no hay posibilidad cierta de construir una historia del teatro. Por ejemplo, la historia del teatro argentino de fines del siglo XIX y de principios del XX no podría ser comprendida si no hacemos referencia a la temprana conformación del “actor nacional” a partir de 1884, y lo mismo ocurre con el teatro independiente y sus actores entre 1930 y 1969. Nuestra historia teatral sería indescifrable sin atender a los procesos actorales que contribuyeron a la creación de la escena porteña. Sin embargo, para nuestros historiadores y críticos, en general venidos de la literatura, el teatro era eso: literatura y en ella los actores no tenían lugar. Salvo excepciones, se concretó una suerte de “memoria” de los más destacados, dejando afuera a los “desconocidos”. Sin embargo, para estudiar las actuales corrientes actorales es necesario conocer sus orígenes y sus precursores anónimos.


¿Por qué decidieron concentrarse en la figura del actor como fundamento de este proyecto?

Coincidimos con Claudio Meldolesi en cuanto a que “de la obra producida y consumida en escena cada noche, la cosa más concreta que permanece es el cuerpo del actor”. Y ellos, como dijimos, son partícipes, en distintos grados según las épocas, de la evolución que ha atravesado el sistema teatral.


¿Cuál fue el criterio de selección que guió la estructura del proyecto?

La nuestra es una empresa ambiciosa y plagada de riesgos: el olvido de un actor o grupo de actores, el desequilibrio entre una y otra entrada, la superficialidad de los criterios de selección, la falta de un estilo común que unifique las colaboraciones por ser un texto colectivo. Y esos son sólo parte de los riesgos. A lo largo de nuestra investigación advertimos la necesidad de incluir actores extranjeros que trabajaron y trabajan en el país por largas temporadas o cuyo paso ha dejado huellas o ha producido cambios importantes en nuestro medio.

Intentamos captar la variedad, la riqueza estética e ideológica de nuestros actores y teniendo en cuenta su productividad en el sistema. Quisimos dar un testimonio, rescatar la diferencia y evitar de ese modo la discriminación cultural que privilegia una tendencia actoral en detrimento de las restantes. En las entradas se ha intentado combinar siempre una básica atención a lo biográfico con la descripción de los principales trabajos. El resultado es un Diccionario que releva una serie muy importante de actores y los clasifica en tendencias artísticas e históricas pero aún estamos muy lejos de la enciclopedia. No es un diccionario general del teatro argentino, cuya elaboración reconocemos como una tarea pendiente. Nuestra ambición fue poner de manifiesto el estado actual de los estudios sobre el actor y su historia entre nosotros, y sentar las bases para una investigación posterior que contribuirá a completarlo. Reiteramos que para hacer presente una obra con toda su riqueza y diversidad la trayectoria de nuestros actores haría falta un diccionario teatral integral, pero, sin renunciar a objetivos mayores, confiamos que estos tomos del actor tradicional y el actor moderno van a ser útil comienzo.


¿Cómo establecieron los roles y las instancias de investigación y de escritura del primer tomo?

Hubo cuatro instancias en la que los integrantes del equipo cubrieron diversos roles. La primera, una vez elaborado el corpus que se iba a trabajar, fue quizás la más prolongada en el tiempo, dada la diversidad de fuentes y documentación de muy distintos orígenes que, además, presentaba la dificultad de que respondían a distintas épocas históricas. La labor fue casi exclusivamente de los buscadores de fuentes, organizados en grupos, que acopiaron el material a partir del cual, en una segunda etapa, se comenzó a organizarlo y a definir los datos que a juicio de cada uno de los responsables de cada grupo no podían obviarse al concretar cada entrada. La tercera significó una lectura de la totalidad de las entradas y el intento de unificar algunos criterios de presentación y tratar de completar los aquellos datos que aparecían incompletos. Finalmente, se pasó a realizar una edición de la totalidad del material para preparar su publicación. Una etapa previa, en la que fue determinante mi trabajo como director del proyecto fue, en primer lugar elevar la propuesta basada en sólidos argumentos que justificaran abordar el tema. Luego, proponer el listado de los actores que serían investigados y una bibliografía de referencia que entendía insoslayable. Este material fue sometido a los que luego serían los redactores y coordinadores, y del intercambio surgieron algunos cambios y la suma de alguna bibliografía. Durante el resto de proceso, resolví dudas, completé fuentes bibliográficas y supervisé todo el proceso, a la vez que concretaba varias entradas.


Con respecto a esto, ¿mantienen la misma organización y despliegue del trabajo en los próximos dos tomos?

Básicamente sí. Pero la experiencia no ha sido en vano y hemos tratado de que los registros sean más completos, y de evitar los errores en que podemos haber incurrido. Contamos a nuestro favor con que hemos recogido y tomado en cuenta las dificultades encontradas para elaborar el primer tomo y con que, debido a que el relevamiento realizado al comienzo de la investigación no distinguía entre actores populares y actores cultos, para esta segunda entrega podemos disponer de más tiempo para revisar y completar los datos. En el segundo tomo hemos incorporado, por ejemplo, la señalización de referencias que remiten a otros actores que figuran también en el Diccionario.


¿Puede desarrollar el criterio del tercer tomo, es un diccionario o un libro de investigación?

El criterio para el tercer tomo es dedicarlo a los actores que aparecieron en la última época del teatro independiente histórico y del teatro independiente actual como proyección de aquella tendencia. Es por esto que como los otros dos, además de ser un diccionario se propone como libro de investigación, es decir, aportar nuestro punto de vista sobre el actor actual, su problemática, su poética, sus técnicas, su relación con el crítico y el público, poner de manifiesto un amplio panorama de ese actor, sus contradicciones, su vinculación con el pasado y el presente teatral. Su visión de las nuevas técnicas y su contribución a las diferentes poéticas.


¿Cómo se articulan los aportes de los integrantes del GETEA en este Diccionario?

Se articulan en distintos niveles. En el nivel inicial, los investigadores que realizaban sus primeras armas redujeron su labor a la de buscadores de fuentes y los de mayor experiencia coordinaban los distintos grupos y se hicieron cargo de su revisión. En mi caso, mi aporte ha sido el de orientar, investigar, y aportar criterios artísticos e históricos en las distintas etapas de la investigación


¿En qué situación se encuentra el GETEA como grupo de investigación?

Creo que el GETEA se encuentra en una etapa de madurez que puede realizar un aporte cada vez más importante a la historiografía teatral argentina. Cuando comenzamos éramos básicamente un grupo de alumnos aventajados o recién recibidos de la Carrera de Letras y yo mismo como director no tenía antecedentes que avalaran la labor que nos proponíamos realizar. Hoy, el grupo está integrado también por alumnos y egresados de la Carrera de Artes, y un número considerable de nuestros investigadores ha completado su doctorado, otros están en vías de hacerlo, algunos han ingresado a carrera en el CONICET y otros han obtenido becas tanto del CONICET como de la UBA y la Agencia. Todos ellos cuentan con una sólida formación en el campo de la investigación. En cuanto a los más jóvenes, entendemos que su participación en estas actividades contribuye de manera determinante a completar sus conocimientos y les brinda herramientas que les permitirán alcanzar un nivel de excelencia. En los últimos tiempos se han incorporado jóvenes investigadores que comparten nuestra metodología pero de quienes esperamos un aporte que la enriquezca.


¿Podría marcar momentos claves del GETEA en su desarrollo a través de los años?

Uno de los momentos claves en el proceso desarrollado por GETEA fue el inicio de la organización de nuestros congresos, que se realizan anualmente en el mes de agosto. Significó una “entrada al mundo”, un ponernos en contacto con investigadores de otras latitudes, conocer sus trabajos más recientes, poder abrir un diálogo que resultó altamente enriquecedor para nuestra formación. Conocer nuevas teorías e inquietudes nos permitió ampliar un panorama que, comprendimos, no podía quedar acotado al teatro porteño y que debía abrirse también, por ejemplo, a conocer el teatro que se realizaba y a las investigaciones llevadas a cabo en las distintas provincias, a la vez que completábamos nuestra formación teórica. Otro momento importante fue la decisión de publicar nuestra revista, Teatro XXI, que nos llevó a relacionarnos con muchos de los integrantes del campo teatral, directores, actores, escenógrafos, autores, y a tratar de entender sus necesidades expresivas y a romper el cerco que nos encerraba en el campo de la sola investigación. Finalmente, y creo que es una prueba de la madurez de que hablaba más arriba, el trabajo de investigación llevado adelante que nos ha permitido concretar una Historia del teatro argentino en Buenos Aires, de las cuales se han publicado ya cuatro volúmenes, una tarea que, estimamos, significa un valioso aporte, no por su perfección, sino porque creemos que podrá ser la base sobre la que los futuros estudiosos de nuestro teatro trabajarán y esperamos, perfeccionarán. Esta labor se ha visto completada con la elaboración de una Historia del teatro argentino en las provincias, de la que se han publicado dos tomos gracias al aporte del Instituto Nacional del Teatro y en la que han trabajado investigadores, en algunos casos con carácter individual en otros formando grupos, de cada lugar. Ellos han respondido a nuestra propuesta con un enorme esfuerzo, y asumiendo una gran responsabilidad.


En el campo teatral qué otras corrientes de investigación reconoce hoy en Buenos Aires. ¿Y en qué se diferencia o semeja a ellas?

Desde 1987 trabajamos con variantes, con el neohistoricismo teatral. De su seno han salido investigadores fundamentales de nuestro teatro. Se puede decir que desde ese año y a partir de la tarea realizada por el Grupo, arrancan las nuevas tendencias de nuestra investigación. Que es tener en cuenta las claves históricas pero desde el estudio del procedimiento teatral y las relaciones intertextuales entre los diversos sujetos de la creación, la crítica y los espectadores. Seguimos pensando, a pesar de las muchas variantes que ha sufrido nuestra metodología, que nuestra visión de la investigación teatral se adapta a los cambios producidos en el país y en el mundo. En estos últimos años han aparecido, a cargo en muchos casos de nuestros discípulos, continuadores y otros historiadores de la serie teatral y literaria que proponen diversas formas de enfrentar el fenómeno teatral. Estamos seguros de que esta aparición lejos de perjudicar o limitar sus posibilidades las ha ampliado. Encontramos constantemente relaciones de semejanza y de diferencias con ellas y creemos que es la única manera de avanzar en el proceso de una crítica que no solo cuestione y trabaje con la realidad teatral sino también su enriquecimiento. Esto se nota en la enorme cantidad además de nuestros jóvenes investigadores de otros que hoy se integran a la investigación con becas, tesis.


¿Qué lo motiva del teatro, luego de tantos años de investigación?

Estoy cumpliendo treinta años con la investigación, desde que comencé como auxiliar en el Instituto de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y llevo veinticuatro años como profesor titular en la cátedra de Historia del teatro latinoamericano y argentino. Estoy seguro de que si bien cumplí un largo período en esta actividad soy consciente de que no he perdido la motivación que encaminó mis comienzos. Los teatristas suelen decir que el que gastó un par de zapatos en el escenario no se baja nunca más. Creo que este concepto podría aplicarse por analogía a los que investigamos.

sábado, 13 de junio de 2009

No puedo vivir sin Cuba

Entrevista a Abel González Melo
Premio de Ensayo Alejo Carpentier 2009

Por Omar Valiño
La Habana

En medio de los mil tironeos del trabajo y la vida, me encantó que Marilyn Bobes me encargara esta conversación rápida y breve con Abelito González Melo. Tal vez porque, por un lado, nunca se nos había ocurrido, seguramente por nuestra intensa proximidad laboral y humana; por otro, porque me ha dado El Tintero la concreta oportunidad de felicitarlo, ya que también feliz estoy, por su Premio de Ensayo Alejo Carpentier 2009.

Me alegra que hayas traído a ese premio tan importante el universo del teatro. Es un reconocimiento para ti, pero también para el análisis de esa manifestación y de su presencia en la cultura y la sociedad del país. A partir de este punto de vista, ¿desde dónde y cómo has entrado a “describir” el panorama?

Mi libro Festín de los patíbulos parte de una relación de quince años con el teatro cubano. Se remonta a mis primeras experiencias como espectador adolescente que disfrutó La niñita querida o Baal, mirada que luego fue acrisolándose con herramientas técnicas que la academia me ofreció, pues como sabes estudié Teatrología. He querido, de todas formas, que la ingenuidad de aquel ojo joven que descubrió la escena no se empache, a la hora de transformarse en escritura, con un andamiaje teórico que apabulle al lector. Al contrario, intento ofrecer un camino que pesquise, de una manera asequible y precisa, la relación que la obra de Flora Lauten, Carlos Celdrán y Carlos Díaz como directores (al frente de sus grupos Buendía, Argos y El Público) ha mantenido con el entorno social que la ha prohijado. Leyéndolos a ellos hago justicia a las maneras más innovadoras de comprender el teatro como una acción de retroalimentaciones continuas, una suma de elementos políticos, económicos, de tradiciones universales que, gracias al ojo y al talento de ellos, se han convertido en tensiones auténticamente nuestras. He utilizado metodologías que considero emblemáticas para entender el teatro contemporáneo (Dubatti, García Barrientos). He prestado mucha atención a los modos de “ensayar” puntualmente la escena que han desarrollados críticos como Osvaldo Cano (ese excelente maestro al que tanto le debo), Raquel Carrió (con toda su noción del Posmoderno) o tú mismo (en especial tu énfasis en los vínculos entre teatro y sociedad). Pero sobre todo he querido que esta orquestación dé voz a mucha gente del medio (actores, diseñadores, técnicos) que han persistido en hacer teatro, a menudo en condiciones complejísimas, un arte tan evanescente que corre el riesgo de morir incluso durante su transcurso.

En relación con ese propio panorama teatral, ¿dónde ubicarías los puntos rojos (críticos) y los desafíos del teatro cubano actual?
Cuando te percatas del nivel que hay en los directores que antes mencioné, cuya evolución cuenta ya más de dos décadas (y en otros que de manera colateral incluyo en mi análisis como Joel Sáez, Raúl Martín, Julio César Ramírez y Rubén Darío Salazar), e intentas contrastar eso con el presente, adviertes que hay un agujero negro en el nuevo pensamiento creativo alrededor de la puesta en escena, es decir, no se vislumbra aún, como fenómeno generacional, un relevo (sí casos aislados como Eduardo Eimil o Irene Borges). Y no pienses que hablo de relevo como en una carrera donde siempre “hay que llegar”. Muchos pueden quedarse en el camino, pero para que algo florezca hace falta un campo lo suficientemente ancho. Y se necesita formación académica, directores que se construyan al pie del cañón, como en su día bebió Lauten de Vicente Revuelta, Celdrán de Lauten, y los jóvenes alumnos de Celdrán beben hoy de él. Buendía, Argos y El Público se han abierto como laboratorios permanentes que forman gente de teatro con solidez y compromiso, pero no es suficiente. No creo que sea sólo un tema institucional (por más que en el ISA urja reabrir la especialidad de Dirección), tiene también que ver con los tiempos que corren, con el acomodamiento, con la desidia. Es una perogrullada decir que sin directores que movilicen cabeza y cuerpo, en la actualidad el teatro no va a ninguna parte.
La dramaturgia, por el contrario, está conociendo una prosperidad paulatina. A la excelente labor del Seminario de Dramaturgia del ISA liderado por Raquel Carrió, se han sumado las estrategias certeras de Tablas-Alarcos (premios, antologías, ciclos de lecturas). Me gustaría que dramaturgos de cinco promociones distintas (aproximadamente las que coexisten hoy en Cuba) pudiésemos convivir en la cartelera nacional sin hacernos trizas unos a otros, entendiendo la diversidad como una cualidad y no como un martirio.

En ti parece no haber “divisiones” como creador. Has publicado poesía, narrativa, ensayo, has sido esencial en la aventura editorial y de promoción de Tablas-Alarcos, en la formación de dramaturgos en el ISA, obras tuyas son estrenadas y premiadas. ¿Dónde está el centro, el imán de esos fragmentos?
Seguramente en la libertad para escribir sobre cualquier cosa, sin temor. Por suerte hemos aprendido de errores pasados y los escritores de hoy (amén de alguna leve estulticia de turno) podemos ser sinceros en temas de sexualidad, de inquietudes cívicas, de conexión con el mundo. El imán es, igualmente, mi interés por marcar un sitio, por ser particular, por no dejar de trabajar ni un solo día, por construir un personaje que posea, como dije una vez, su lugarcito en el universo. Crear historias que hablen de mi ánimo y que me dibujen aquí, que sirvan para establecer puentes y decir cosas difíciles y hermosas a un tiempo. El teatro, el apoyo de mi madre y la preciosa vida en Cuba me han enseñado que el oficio del artista es incómodo y asmático, pero reconfortante y útil como pocos.

En los últimos dos años has estado cerca y lejos al mismo tiempo. ¿Qué te hace sufrir y qué te gratifica de tu estancia de trabajo en España?
Ser cubano es un orgullo que no quita nada. Yo no puedo vivir sin Cuba. La Habana es el marco de mis textos, de mis amores, de mis miedos. Todo lo que pasa aquí me importa porque pertenezco a este sitio, mis manos son de aquí, mis ojos, mis palabras. En España estoy trabajando en un proyecto extraordinario con un gran director, Enrique Lanz: El retablo de Maese Pedro, una ópera para marionetas de Manuel de Falla. Él me ha abierto las puertas de su Compañía Etcétera para escribir un libro-investigación y manipular (por primera vez en mi vida) un títere, en este caso Don Quijote, que mide ocho metros de altura. Ha sido una experiencia tremenda, actuar en grandes coliseos como el Liceu de Barcelona o el Teatro Real de Madrid. Ahora amo ese trabajo porque me apasiona en su esencia, por lo que he descubierto en él, es un regalo que no esperaba. No quiero plantearme la distancia de Cuba como algo triste, sino como un complemento indispensable a mi propia labor como editor, profesor y artista. Estoy ahora y estaré siempre.